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A veces, a fuerza de no pensar en “nada” (como diría la gente), me agoto; intento entonces, sobresaltado, recurrir, como un ahogado que se impulsa con los pies desde el suelo del mar, a una desición espontánea (la espontaneidad: gran sueño, paraíso, poder, goce): ¡ Y bien, telefonéale, ya que tienes ganas! Pero el recurso es vano: el tiempo amoroso no permite ajustar el impulso y el acto, hacerlos coincidir. No soy el hombre de los pequeños “acting-out”; mi locura es moderada, no se ve; inmediatamente tengo miedo de las consecuencias, de toda consecuencia: es mi miedo -mi deliberación- el que es “espontáneo”.
Fragmentos de un discurso amoroso- Roland Barthes (via insaneyesplease)
 
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